CRONICAS DE JIPIJAPA – Guerrita

Cromos Guerrita

Cuando niño, en los 80, me dio por dedicarme a llenar el álbum de cromos Héroes de la Patria. Recuerdo el frenesí que se armaba en el recreo o en la puerta de salida de la García Moreno por el cambio de cromos como si uno estuviera en Wall Street.

Sabíamos que las nuevas series de cromos, el álbum, y toda la parafernalia que lo acompañaba se podían conseguir en un solo lugar de Jipijapa: Donde Guerrita.

Olmedo Guerra, “Guerrita”, era propietario de una tienda en la calle Bolívar cuyo capital principal era una refrigeradora para negocio en la cual ofrecía colas, hielo y bolos. Además contaba con una línea de golosinas como caramelos, chupetes, etc. También los clásicos troliches y colaciones siempre en exhibición en frascos de vidrio sobre su mostrador de madera.

Empresario como él era, fuera de su negocio situaba un tablero en donde alquilaba revistas sujetadas con piolas. Acompañado esto por los respectivos bancos largos de madera para sentarse a leer las susodichas revistas. Allí los clientes podían enterarse de las ultimas aventuras de Kaliman, Batman y Supermán. Así como de las graciosas ocurrencias de Memín Pinguin.

Este emelecsista empedernido colgaba en las paredes los posters de los mejores equipos del bombillo de esos tiempos, también disfrutaba del juego de naipes con los amigos en las tardes tranquilas.

Pero esto era cuando no era época de álbumes y cromos. Y es que Guerrita era el representante en Jipijapa de las empresas que publicaban los álbumes. A él le llegaban los paquetes de cromos así como las camisetas, pelotas, bicicletas y mas promocionales y premios del álbum de moda. Estos premios se otorgaban comúnmente a las personas que lograban llenar los álbumes y además los habían sellado donde el representante.

Entonces, cuando mas se acercaba la fecha de cierre de las ventas de cromos, y por consiguiente el sorteo entre los audaces que lograron llenar el álbum, el frenesí de Wall Street del patio de todas las escuelas se trasladaba a la tienda de Guerrita. Cosa que evidentemente lo desconcertaba, por lo que le hacía perder la cuenta de los paquetes de cromos. Creo que por esto trataba de asegurar sus números contando: Uno, uno… Dos , dos… Tres, tres… y repitiendo cuantas veces lo hacían sentir seguro para desesperación de los muchachos que querían asegurarse el cromo difícil del piloto de combate. Al final, tal como en la bolsa de valores, quedaba una secuela de sobres y cromos tirados en el suelo en las afueras de su tienda.

Guerrita murió cuando yo vivía en Jipijapa, hace mas o menos diez años. Lo conocí ya viejo, bajo. Canoso, medio calvo. Sobre su boca a la que le faltaban algunos dientes, un bigote ralo sin cortar. Cuando contaba los cromos recuerdo que levantaba sus labios en una especie de duckface. Que lastima que no existían los teléfonos con cámara…

 

Gracias a Melquiades Muñoz Menendez por su ayuda con esta historia.

CRONICAS DE JIPIJAPA – Matanena

 brujo

 

Rondaba principalmente por las calles centrales del pacifico Jipijapa de los 80s. Quizá desde cuando llegó?. Lo sé porque mi padre acostumbraba en su almacén a cambiarle monedas que conseguía de la caridad, por billetes, que sin duda le resultaban mas fáciles de cargar.

Ese suelto. Los viejos sucres. Que en realidad, mi padre, aparte de cambiarle solía aumentarle unas pocas monedas y siempre, o casi siempre, era la escusa de una larga conversación.

Era el Brujo. Matanena, Come Ratas, como los pequeños y no tan pequeños pícaros acostumbraban a gritarle. A veces se defendía con piedras o trozos de cemento, otras con un palo. Era un hombre bajo. Cara redonda, arrugada. Las cataratas trataban de ocultar unos ojos claros, mantenía una barba media ya blanca como el pelo hasta que a alguna persona caritativa se le ocurría cortárselos. A rape. Como todo loco que se respeta…

Se hacía llamar Aparicio Armijos mi padre suponía que era lojano. Por su acento, definitivamente serrano. Por sus historias. Hablaba de que venía de un sitio llamado “Cangüamaná”(Gonzanamá?), manifestaba su odio hacia los peruanos que pretendieron invadir su tierra, así como también odiaba a ciertos caballeros de la ciudad que en algunos casos ya habían muerto y a quienes confundía con sus descendientes.

Así como odiaba a los peruanos, gustaba de las mujeres. Pero no cualquiera, tenían que ser “pimellitas”(Jóvenes? Jovencitas?).

Se vestía supongo que de lo que le regalaban. Las bastas de su pantalón siempre dobladas amarradas con piolas como en un estilo militar(?). Tengo la impresión de que muchas veces calzaba botas, claro, viejas. A este atuendo acompañaba un saquillo de nylon cruzado por su torso a manera de como las indígenas llevan a sus bebés. De este sacaba un arsenal de monedas envueltas en fundas de plástico, billetes, de la misma forma, un surtido de piolas, trozos de papel de empaque y periódicos. Y a veces supongo que comida.

Pero lo que más llamaba la atención era que llevaba siempre un bastón. En realidad un palo, que mas que servirle de apoyo pienso que le servía de báculo. El decía que su bastón estaba “curado”. En realidad una vez, sin querer, pateé su codo y con un movimiento de su bastón y un gesto de persignar con su mano “maldijo” mi pie que lo golpeo. Gracias que todavía lo tengo, aunque una vez me fracturé esa rodilla. Tal vez de aquí se origina lo de “Brujo”.

No sé cuantos años merodeo por Jipijapa. Recuerdo que varias veces lo recogieron para llevarlo de la bodega en que dormía alimentándose de ratones, decían, hacia algún hospicio de buena voluntad. Pero siempre se las ingeniaba para regresar. Aún no entiendo el afecto que le tenía mi padre. Suficiente para motivar a un hombre a pararnos un día por la calle para decirnos que el “Brujo “se estaba muriendo. Y así, sin más, pienso que murió rodeado de la caridad característica de los jipijapenses. Quiero pensar que murió en paz. No recuerdo si estuvo enfermo, si fue rápido. Pero espero que esté en un lugar de tranquilidad en donde nadie quiera invadir su tierra, rodeado de “pimellitas” y más que nada, donde nadie le grite Matanena…