EL POZO ENCANTADO

Eran los anos de 1950 y tantos; existió una ancianita, que vivió en la parte alta y hacia un lado de a boca del pozo grande de Choconcha.  Una mañana la salude y hablando de las cosas del lugar, me contó la siguiente leyenda:

Había un pozo, allá.- Me señalo con el dedo- ancho en la superficie y estrecho en el fondo, como un embudo, de un metro de profundidad y en su fondo existían dos grandes piedras, separadas por un espacio de una cuarta, por donde fluía el agua.  Era tal la cantidad de agua, que se desbordaba hacia el río.

Esta fuente, estaba situada a seis metros de la rivera derecha del rio  que viene de Tierra Amarilla; casi en su unión con el rió de la Pita. El agua era muy fina, la gente sacaba en agua con baldes, para lavar y enjuagar la ropa.

Se corría el rumor, que este pozo estaba encantado; que en las noches, desde el fondo brillaba una luz intensa que agitaba las aguas, encrespándolas como olas, y que, en el día se escuchaban fuertes ruidos, sobre todo en la hendidura por donde salía el agua.

 Un buen día, ya en la penumbra, una señora de unos 25 anos más o menos, de talla mediana, tez blanca, de fina silueta, hermosa por cierto, fue a traer agua, y, al lanzar el balde, una mano negra agarro el recipiente. Horrorizada, la dama grito y todas sus compañeras lavanderas fueron a verla. La encontraron estática como una estatua hacia un lado del pozo. No hablaba, estaba pálida y fría. Se desvaneció y cayo al suelo.  Sus compañeras trataron de auxiliarla, haciéndole oler espíritu (agua de colonia y agua florida), luego, recobro el sentido, una vez repuesta, contó lo ocurrido.

Los curiosos fueron a ver el pozo, encontraron el balde, nadando en la superficie.  El agua brotaba con mayor intensidad, se formaban olas, que hacían tronar la fuente.  Algunos dijeron, que el duende del pozo, estaba enfurecido porque no pudo agarrar la presa; otros, que el encanto se había roto, y,  unos pocos no creyeron en el relato, comentando que la señora estaba loca.

Pasaron los días, hasta que llego a lavar una linda muchacha, tendría unos 18 anos, no era de estos lados, había llegado con las cosechas de café y luego habiase quedado trabajando como lavandera, ya que se había enamorado de un muchacho de apellido Parrales.  Ella lavaba en la piedra  mas próxima al pozo, mas o menos a unos tres metros del pozo.

Cuentan quienes la conocieron, que era una muchachita alegre, de sonrisa encantadora, que siempre tarareaba canciones mientras lavaba. A esta jovencita de ojos color miel y cuerpo muy bien definido, ya le habían advertido, que no fuera al pozo sola porque había un encanto. Que el extraño sujeto que moraba en el pozo, se enamoraba de muchachas bellas como ella, al escuchar la advertencia, ella rió, y expreso que no creía en cuentos.

Cierta tarde de verano, cuando la mayoría de lavanderas se habían retirado del lugar y apenas quedaban unas cuatro, siendo alrededor de las seis de la tarde, esta muchachita tarareando canciones de la época, caminaba hacia el pozo. Por su actividad, su vestimenta se había mojado, su ropa se pegaba al cuerpo, dejando ver su  esculpida silueta, lanzando un suspiro, tiro el balde para llenarlo.  Fue en ese instante, que se escucho un gran estruendo, las piedras se abrieron…… salio una mano negra que agarrando la muñeca de la linda doncella, la tiro hacia dentro del pozo. Alcanzo a gritar, y desapareció.  Sus compañeras, al escucharla fueron en su ayuda, mas no la encontraron, solo flotaba el balde y un cintillo que momentos antes adornaba su cabeza.  Escucharon un ruido ensordecedor y misterioso que emergía del fondo, y que se diferenciaba del burbujear del agua. A todos invadió pánico y miedo……Todos huyeron como potros salvajes, dejando pertenencias, ropa y todo abandonado…  Nadie se atrevió a regresar, sino hasta el día siguiente.                                               

La noticia corrió como pólvora encendida, cundió el terror y el pánico.  Al día siguiente, cuando los aldeanos trataron de limpiar y mover las piedras del fondo de la fuente, no lograron nada, y desde entonces, en cada atardecer se escucha una música añeja, que mantuvo a la gente aterrada, al extremo que nadie se atrevía a caminar por allí.

Con el pasar del tiempo, se acostumbraron  a escuchar las melodías, que se confundían con el susurro del viento, el bramido del follaje de los árboles, pareciendo que danzaban al ritmo de la misteriosa sinfonía.

Anos mas tarde, al romperse la represa de Tierra Amarilla (embalse de agua), todo esto se inundo, el pozo quedo enterrado y ya nadie se atrevió a limpiarlo, tal vez por temor o porque lo olvidaron.

Actualmente, en la agonía de cada atardecer, hacia la superficie de la tierra, el lugar donde existió del pozo, se suele escuchar esa melodía de aquellos viejos tiempos, no se sabe, si es que el alma pena, o es la felicidad de esos amantes.

(Recogido por el Dr. Ricardo Chong Verduga)

EL CERRO DE LA MONA

Hace muchos años, en el Cerro de la Mona, tenía lugar durante las noches de Semana Santa un extraño acontecimiento…

Cuentan los vecinos del lugar que se escuchaba a altas horas de la noche una melodiosa voz entonar las mas hermosas canciones.  Los hombres se sentían atraídos y con gran ansiedad trataban por todos los medios de localizar el lugar de donde provenía aquella voz de mujer. Muy pocos fueron los afortunados que lo consiguieron y era tanta la admiración al verla, que quedaban atónitos al contemplar de cerca aquella musa, quizá ángel, porque se parecía a las pinturas que pendían en los altares de las iglesias, con la única diferencia que esta estaba viva y sentada sobre una piedra, bañada por la luz de la luna.  La dulce mujer casi una niña al sentir la presencia humana desaparecía.

Una noche un osado caballero logro acercarse y pudo mirarla a su antojo: estaba sobre la piedra, su pelo largo y lacio le cubría la espalda, con la luz de la luna se reflejaba el brillo dorado de sus hebras, la piel era blanca, sus ojos verdes como las hojas de los árboles en los primeros días de invierno, mientras cantaba, peinaba su cabellera con una peineta de oro.  Como arrastrado por una fuerza extraña, nuestro hombre se puso frente a ella.  La bella mujer se sorprendió; pero paulatinamente, una sonrisa enigmática apareció en sus labios y con una voz cautivante pregunto:

– ¿Qué quieres, la peinilla o la peineta?

El aturdido respondió:

– La Peineta.

La niña se puso a llorar y desapareció.  El hombre, entristecido, regreso a su casa; durante varias noches acudió al cerro pero de ella no había ningún rastro.  Paso un largo año y una noche, cuando las voces de la ciudad se habían apagado, de la parte más alta del cerro de la Mona, surgió la mágica voz; aquel hombre al escucharla corrió hasta el sitio de la piedra.  Allí estaba ella en actitud de espera. Al verla le dijo:

-Te esperaba, sabía que vendrías.

-Si, todas las noches he soñado con este momento. ¿Qué quieres de mí?

– Se que eres un hombre valiente y bueno; quiero ayudarte para que seas rico y feliz para toda tu vida; pero, antes tendrás que hacer algo por mí.  Deseo que vengas mañana cuando las campanas de la iglesia anuncien las doce de la noche; trae una soga, y, por favor, ven solo.  A media noche el hombre sale de su hogar rumbo al sitio de la piedra.

La joven le ordena que la ate fuertemente y la lleve a la ciudad, que no tenga miedo si se convierte en serpiente, pues, eso es parte del hechizo que pesa sobre ella; además, le advierte que trataran de atacarlo, pero que no se detenga.

El hombre hizo lo que ella le había ordenado.  Camino un largo trecho.  Se sentía cansado por el peso de la joven, además, a su paso las piedras se convertían en fieras salvajes, en monos de todos los tamaños que danzaban frenéticamente ante sus ojos.  De pronto, un silbido penetrante de culebras lo hace detenerse.  La joven como obedeciendo a un conjuro, se transformó en serpiente; el terror se apodera de él, sin poder más, la suelta.  Se escucha un hondo gemido y una voz que decía: Cobarde, cobarde, eres un cobarde.  El viento comenzó a sollozar entre las hojas de los árboles, la serpiente se convirtió otra vez en mujer, los animales en piedras y ella desapareció.

Cuentan que aquella voz no dejo vivir tranquilo a este pobre hombre.  Un día lo hallaron muerto junto a la piedra grande que hasta hoy existe.

Desde entonces, nadie ha vuelto a escuchar esa sugestiva voz de mujer, o si alguno la ha oído el temor lo ha hecho callar.

Pero quienes la vieron dicen que era muy bella, con su piel blanca, sus grandes ojos verdes, su cabellera larga y dorada adornando su figura.

Agradecimiento a la Sra. Aracely de Molina por esta publicación