El Greñoso.

– El difunto era un buen amigo mío. Siempre me cayó bien y esa simpatía fue mutua. Eso de que no lo tragaban los gavilanes no tiene importancia, él cumplía una misión y eso basta, y la supo cumplir.

-¿De qué misión habla usted Don Sixto?

-La de legalizar el grupo de las ratas en el poder.

-No entiendo, ¿dice usted ratas?

-Así es, por muchos años llevé la secretaría del Concejo y mis dedos hicieron y deshicieron un sin fin de actas de posesión. Para ese entonces la rivalidad política había crecido tanto que nuestro Jipijapa era una especie de Oeste Americano; cual más o cual menos andaba armado, a veces en el silencio de la noche la balacera nos despertaba y siempre nos preguntábamos qué grupo estará mañana en la silla presidencial. El grupo de los gavilanes volaban mas alto, decían que eran estudiantes, habían logrado salir de los linderos del cantón y eran jóvenes; y los otros, por astutos y viejos, eran las ratas. Lo cierto es que (con el perdón de mi compadre) ambos grupos hicieron su Agosto.

-¿Y el gobierno no hacía nada por solucionar esa Crisis? -Claro, los gobiernos de turno enviaban funcionarios a fin de dar legalidad a uno de los bandos; pero éstos, ni bien se iban, volvían a sus andadas y defenestraban a quienes habían sido legalizados. A esto fue que vino el difunto y terminó quedándose aquí. -Se acuerda, Don Sixto, lo ingenuo que era. -Claro, cómo no me voy a recordar. En una ocasión lo invitamos a un velorio. Al principio él se negó aduciendo un montón de razones, pero logramos convencerlo diciéndole que se perdería la oportunidad de conocer el greñoso de las niñas Baque. Al escuchar la palabra greñoso, nos preguntó que qué era eso. Con un guiño de ojo nos pusimos de acuerdo en no decirle nada. -Es que la palabrita siempre ha provocado un doble sentido. La asocian con todo menos con una comida.

-La curiosidad pudo más en él y terminó acompañandonos al velorio de la Virgen de Agua Santa en casa de las niñas Baque.

Esa noche nos reunimos como unas cincuenta personas y como de costumbre los más allegados nos ubicamos juntos y entre conversa y conversa nos servíamos unas copitas de un aguardiente añejado con hojas de higo; nuestro convidado miraba el reloj y no disimulaba su curiosidad, a cada momento nos preguntaba por el greñoso, nosotros le pedíamos paciencia; lo malo que el trago hizo su efecto y cuando pasó cerca nuestra una de las niñas Baque, agarrándola de la mano la obligó a sentarse junto a él y un tanto zalamero le pidió que le mostrara su greñoso; ella lo miró asustada y llamó a su hermana. Cuando Carmelita estuvo entre nosotros preguntó qué pasaba y él le dijo que lo que quería era conocer el greñoso de ellas. Carmelita, muy educada, le dijo que esperara y pasados unos minutos apareció con una bandeja donde lucían unos platos con greñoso. Muy avergonzado pidió mil disculpas y me reclamó por no haberle dicho lo que era el greñoso. La verdad es que no sólo comió greñoso sino que terminó casándose con Carmelita.

-El greñoso es como un hechizo.

-¿Por qué?

-Nuestras abuelas decían que quien come greñoso en Jipijapa se queda a vivir aquí.

-Será un decir.

-No, a muchos les ha pasado igual y los que no se quedan, de alguna manera terminan ligándose con nuestra gente.

-Qué más sabe del greñoso Don Sixto?

-Es un plato propio de esta zona.

-Yo he tenido la oportunidad de estar en muchos lugares de Manabí y en ninguna parte he comido el greñoso. ¿Sólo se hace aquí?

-No sé si me equivoque, pero creo que este plato se preparaba ya en los tiempos de nuestros aborígenes. Benzoni, en la Historia del Nuevo Mundo, relata que por los años 1543 estando él en la zona de Manta-Portoviejo y pueblos adentros, pudo saborear unas tortillas de maíz; además, dice que estos indios sabían combinar bien el maíz con otros ingredientes y que era uno de los alimentos básicos. Es probable que ya se preparara por ese entonces el greñoso.

-Si, pero talvez allí se utilizaría carne de venado o guanta y no de res, puerco o gallina como lo hace hoy en día.

-Hay algo más que puede afirmar esto. En mi casa tengo unas dos piedras de moler que encontré cuando hice excavar para construir el aljibe; que son de la cultura manteña me dijo mi hijo, tienen forma rectangular y son medio acanaladas en la parte central la mano de moler es grande, capaz de poder asirla con las dos manos. Mi mujer no las cambia por nada, el prefiere moler los aliños y el maní con estas piedra.

-Lo que dice es cierto, Don Sixto y no sólo usted tiene estas piedras, por este sector muchos las tienen sus casas.

-Además, esta zona es apta para el cultivo de es plantas de ciclo corto, se da muy bien el maíz y el maní y su cultivo data de tiempos muy remotos por eso no es de asombrarse de la gran variedad alimentos derivados de estos dos productos.

-¿Como cuáles?

-La salprieta, los corviches, las tortillas, las empanadas, el greñoso, la natilla -dijo Don Sixto- para luego inquirir: ¿Ha comido el greñoso?

-Sí, pero me gustaría aprender a prepararlo.

-No hay ningún problema llamamos a Matilde para que le dé la receta y desde ya queda invitado a servirse greñoso en mi casa.

Una vez que hubo llegado doña Matilde, Don Sixto le pidió de manera especial que me enseñara la forma de elaborar el greñoso. Ella no se hizo de rogar y procedió a indicarme:

-El greñoso es un plato que requiere en primer lugar su tiempito y de por lo menos dos personas, una sola no puede hacerlo, es muy fatigoso el trabajo. La noche anterior hay que hervir el maíz unos cuantos minutos; se lo saca y se lo pone a escurrir, por la mañana se procede a rallarlo y luego esa masa se muele; antes se hacía en una piedra, ahora se lo realiza en los molinos. La otra persona deberá tostar el maní y molerlo. Para que el greñoso quede rico es conveniente poner la misma cantidad de maní y de maíz. En una olla de barro se pone agua, la cantidad debe estar de acuerdo con el maíz, por seis pares de maíz un litro de agua; en esta agua se coloca tas especerías: comino, ajo molido, orégano, pimienta, achiote; una vez que hierve el agua se agrega La carne previamente aliñada; si la carne es de res hay que tener cuidado que sea salón, que es la apropiada para esto ya que permite deshilacharla; sí es de gallina se la hierve, si es criolla mejor. La cantidad de carne depende de la cantidad de greñoso que se haga. Cuando está blanda la carne se la saca en una bandeja y se procede a disolver el maní y la masa de maíz, se coloca en el caldo y se mueve constantemente a fin de evitar que se pegue; vale usar una cuchara de madera o una latilla de caña. Ya la carne fría, se deshilacha, y calculando que está el preparado se pone a hervir nuevamente.

-¿Cómo se sabe que ya está?

-Cuando uno alza la latilla y al caer la preparación forma como una cortina. Entonces se pone en bandejas a enfriar. Se acostumbra adornar el plato con cebolla picada hecha salsa, pasas y huevos duros.

-No es tan difícil.

-Pero es laborioso.

Me despedí de Don Sixto y de Doña Matilde, no sin antes asegurarles que vendría el Sábado a comer el greñoso en su casa.

Libertad Regalado
El Libro de los Abuelos
Pag. 88

Matanena

Rondaba principalmente por las calles centrales del pacifico Jipijapa de los 80s. Quizá desde cuando llegó?. Lo sé porque mi padre acostumbraba en su almacén a cambiarle monedas que conseguía de la caridad, por billetes, que sin duda le resultaban mas fáciles de cargar.

Ese suelto. Los viejos sucres. Que en realidad, mi padre, aparte de cambiarle solía aumentarle unas pocas monedas y siempre, o casi siempre, era la escusa de una larga conversación.

Era el Brujo. Matanena, Come Ratas,  como los pequeños y no tan pequeños pícaros acostumbraban a gritarle. A veces se defendía con piedras o trozos de cemento, otras con un palo.  Era un hombre bajo. Cara redonda, arrugada. Las cataratas trataban de ocultar unos ojos claros, mantenía una barba ya blanca como el pelo hasta que a alguna persona caritativa se le ocurría cortárselos. A rape. Como todo loco que se respeta…

Se hacía llamar Aparicio Armijos mi padre suponía que era lojano. Por su acento, definitivamente serrano. Por sus historias. Hablaba de que venía de un sitio llamado «Cangüamaná»(Gonzanamá?),  manifestaba su odio hacia los peruanos que pretendieron invadir su tierra, así como también odiaba a ciertos caballeros de la ciudad que en algunos casos ya habían muerto y a quienes confundía con sus descendientes.

Así como odiaba a los peruanos, gustaba de las mujeres. Pero no cualquiera, tenían que ser «pimellitas»(Jóvenes? Jovencitas?).

Se vestía supongo que de lo que le regalaban.  Las bastas de su pantalón siempre dobladas como en un estilo militar(?). Tengo la impresión de que muchas veces calzaba botas, claro, viejas. A este atuendo acompañaba un saquillo de nylon cruzado por su torso a manera de como las indígenas llevan a sus bebés. De este sacaba un arsenal de monedas envueltas en fundas de plástico, billetes, de la misma forma, un surtido de piolas, trozos de papel de empaque y periódicos. Y a veces supongo que comida.

Pero lo que más llamaba la atención era que llevaba siempre un bastón. En realidad un palo, que mas que servirle de apoyo pienso que le servía de báculo. El decía que su bastón estaba «curado». En realidad una vez, sin querer, pateé su codo y con un movimiento de su bastón y un gesto de persignar con su mano «maldijo» mi pie que lo golpeo. Gracias  que todavía lo tengo, aunque una vez me fracturé esa rodilla. Tal vez de aquí se origina lo de «Brujo».

No sé cuantos años merodeo por Jipijapa. Recuerdo que varias veces lo recogieron para llevarlo de la bodega en que dormía alimentándose de ratones, decían, hacia algún hospicio de buena voluntad. Pero siempre se las ingeniaba para regresar. Aún no entiendo el afecto que le tenía mi padre. Suficiente para motivar a un hombre a pararnos un día por la calle para decirnos que el «Brujo «se estaba muriendo.  Y así, sin más, pienso que murió rodeado de la caridad característica de los jipijapenses. Quiero pensar que murió en paz. No recuerdo si estuvo enfermo, si fue rápido. Pero espero que esté en un lugar de paz en donde nadie quiera invadir su tierra, rodeado de «pimellitas» y más que nada donde nadie le grite Matanena…

El naranjo de Chocotete

En los tiempos de antaño solían ir las mujeres de Jipijapa a los manantiales de Chocotete a lavar la ropa.  Cargaban los grandes atados sobre los mulares y con los primeros rayos de sol llegaban hasta aquellos bellos parajes.  Cerca de los lugares donde manaba aquella cristalina agua se hallaban colocadas piedras grandes y lisas.  Ayudadas con el “mate ancho” recogían el agua que a borbotones salía de la tierra.

Estos lagrimales se hallaban al pie de una ladera, en la parte superior de esta, había un árbol de naranjo, que por extraño que os parezca todo un siempre, sin importar que fuera invierno o verano, se hallaba cargado de hermosas y dulces naranjas que provocaban a las personas que las miraban.

Cuentan las señoras lavanderas que el árbol permitía que cogieran sus frutos solamente para ser consumidos en el lugar. El ¿Por qué? Nadie lo podía adivinar.  Lo cierto es que un día un joven desoyendo la voz de sus mayores trato de llevarse las naranjas a su casa, pero cual no sería su sorpresa que, ante sus ojos, el paisaje del lugar cambio totalmente, una vegetación exuberante dio paso a las matas de cerezo, moyuyo, obos y cactus.

Asustado, busca el camino que da a los manantiales, no lo haya, en su lugar un pequeño lago emerge, peces dorados que saltan en el agua azulada, murmullos extraños, lamentos apagados, como si las plantas cobraran vida, conversan entre ellas; variedad de pájaros revoloteando entre los árboles.  A lo lejos deslumbra un camino, corre hacia el, avanza y llega otra vez al árbol de naranjo.

Agotado se deja caer, las naranjas ruedan por el suelo, la vegetación desaparece, el paisaje vuelve a ser el mismo; el, enloquecido corre hacia donde escucha la voz de las lavanderas, les comunica lo que sucedió, ellas miran hacia el árbol y una sonora carcajada se desprende de las ramas del naranjo.

Con el pasar de los años se fue perdiendo la vegetación del cerro, hasta convertirse en un risco.  Al árbol, ya nadie lo ha visto, pues un día desapareció de la misma forma que emergió de las entrañas de la tierra.

Autora

Aracely Gonzalez

EL POZO ENCANTADO

Eran los anos de 1950 y tantos; existió una ancianita, que vivió en la parte alta y hacia un lado de a boca del pozo grande de Choconcha.  Una mañana la salude y hablando de las cosas del lugar, me contó la siguiente leyenda:

Había un pozo, allá.- Me señalo con el dedo- ancho en la superficie y estrecho en el fondo, como un embudo, de un metro de profundidad y en su fondo existían dos grandes piedras, separadas por un espacio de una cuarta, por donde fluía el agua.  Era tal la cantidad de agua, que se desbordaba hacia el río.

Esta fuente, estaba situada a seis metros de la rivera derecha del rio  que viene de Tierra Amarilla; casi en su unión con el rió de la Pita. El agua era muy fina, la gente sacaba en agua con baldes, para lavar y enjuagar la ropa.

Se corría el rumor, que este pozo estaba encantado; que en las noches, desde el fondo brillaba una luz intensa que agitaba las aguas, encrespándolas como olas, y que, en el día se escuchaban fuertes ruidos, sobre todo en la hendidura por donde salía el agua.

 Un buen día, ya en la penumbra, una señora de unos 25 anos más o menos, de talla mediana, tez blanca, de fina silueta, hermosa por cierto, fue a traer agua, y, al lanzar el balde, una mano negra agarro el recipiente. Horrorizada, la dama grito y todas sus compañeras lavanderas fueron a verla. La encontraron estática como una estatua hacia un lado del pozo. No hablaba, estaba pálida y fría. Se desvaneció y cayo al suelo.  Sus compañeras trataron de auxiliarla, haciéndole oler espíritu (agua de colonia y agua florida), luego, recobro el sentido, una vez repuesta, contó lo ocurrido.

Los curiosos fueron a ver el pozo, encontraron el balde, nadando en la superficie.  El agua brotaba con mayor intensidad, se formaban olas, que hacían tronar la fuente.  Algunos dijeron, que el duende del pozo, estaba enfurecido porque no pudo agarrar la presa; otros, que el encanto se había roto, y,  unos pocos no creyeron en el relato, comentando que la señora estaba loca.

Pasaron los días, hasta que llego a lavar una linda muchacha, tendría unos 18 anos, no era de estos lados, había llegado con las cosechas de café y luego habiase quedado trabajando como lavandera, ya que se había enamorado de un muchacho de apellido Parrales.  Ella lavaba en la piedra  mas próxima al pozo, mas o menos a unos tres metros del pozo.

Cuentan quienes la conocieron, que era una muchachita alegre, de sonrisa encantadora, que siempre tarareaba canciones mientras lavaba. A esta jovencita de ojos color miel y cuerpo muy bien definido, ya le habían advertido, que no fuera al pozo sola porque había un encanto. Que el extraño sujeto que moraba en el pozo, se enamoraba de muchachas bellas como ella, al escuchar la advertencia, ella rió, y expreso que no creía en cuentos.

Cierta tarde de verano, cuando la mayoría de lavanderas se habían retirado del lugar y apenas quedaban unas cuatro, siendo alrededor de las seis de la tarde, esta muchachita tarareando canciones de la época, caminaba hacia el pozo. Por su actividad, su vestimenta se había mojado, su ropa se pegaba al cuerpo, dejando ver su  esculpida silueta, lanzando un suspiro, tiro el balde para llenarlo.  Fue en ese instante, que se escucho un gran estruendo, las piedras se abrieron…… salio una mano negra que agarrando la muñeca de la linda doncella, la tiro hacia dentro del pozo. Alcanzo a gritar, y desapareció.  Sus compañeras, al escucharla fueron en su ayuda, mas no la encontraron, solo flotaba el balde y un cintillo que momentos antes adornaba su cabeza.  Escucharon un ruido ensordecedor y misterioso que emergía del fondo, y que se diferenciaba del burbujear del agua. A todos invadió pánico y miedo……Todos huyeron como potros salvajes, dejando pertenencias, ropa y todo abandonado…  Nadie se atrevió a regresar, sino hasta el día siguiente.                                               

La noticia corrió como pólvora encendida, cundió el terror y el pánico.  Al día siguiente, cuando los aldeanos trataron de limpiar y mover las piedras del fondo de la fuente, no lograron nada, y desde entonces, en cada atardecer se escucha una música añeja, que mantuvo a la gente aterrada, al extremo que nadie se atrevía a caminar por allí.

Con el pasar del tiempo, se acostumbraron  a escuchar las melodías, que se confundían con el susurro del viento, el bramido del follaje de los árboles, pareciendo que danzaban al ritmo de la misteriosa sinfonía.

Anos mas tarde, al romperse la represa de Tierra Amarilla (embalse de agua), todo esto se inundo, el pozo quedo enterrado y ya nadie se atrevió a limpiarlo, tal vez por temor o porque lo olvidaron.

Actualmente, en la agonía de cada atardecer, hacia la superficie de la tierra, el lugar donde existió del pozo, se suele escuchar esa melodía de aquellos viejos tiempos, no se sabe, si es que el alma pena, o es la felicidad de esos amantes.

(Recogido por el Dr. Ricardo Chong Verduga)

EL CERRO DE LA MONA

Hace muchos años, en el Cerro de la Mona, tenía lugar durante las noches de Semana Santa un extraño acontecimiento…

Cuentan los vecinos del lugar que se escuchaba a altas horas de la noche una melodiosa voz entonar las mas hermosas canciones.  Los hombres se sentían atraídos y con gran ansiedad trataban por todos los medios de localizar el lugar de donde provenía aquella voz de mujer. Muy pocos fueron los afortunados que lo consiguieron y era tanta la admiración al verla, que quedaban atónitos al contemplar de cerca aquella musa, quizá ángel, porque se parecía a las pinturas que pendían en los altares de las iglesias, con la única diferencia que esta estaba viva y sentada sobre una piedra, bañada por la luz de la luna.  La dulce mujer casi una niña al sentir la presencia humana desaparecía.

Una noche un osado caballero logro acercarse y pudo mirarla a su antojo: estaba sobre la piedra, su pelo largo y lacio le cubría la espalda, con la luz de la luna se reflejaba el brillo dorado de sus hebras, la piel era blanca, sus ojos verdes como las hojas de los árboles en los primeros días de invierno, mientras cantaba, peinaba su cabellera con una peineta de oro.  Como arrastrado por una fuerza extraña, nuestro hombre se puso frente a ella.  La bella mujer se sorprendió; pero paulatinamente, una sonrisa enigmática apareció en sus labios y con una voz cautivante pregunto:

– ¿Qué quieres, la peinilla o la peineta?

El aturdido respondió:

– La Peineta.

La niña se puso a llorar y desapareció.  El hombre, entristecido, regreso a su casa; durante varias noches acudió al cerro pero de ella no había ningún rastro.  Paso un largo año y una noche, cuando las voces de la ciudad se habían apagado, de la parte más alta del cerro de la Mona, surgió la mágica voz; aquel hombre al escucharla corrió hasta el sitio de la piedra.  Allí estaba ella en actitud de espera. Al verla le dijo:

-Te esperaba, sabía que vendrías.

-Si, todas las noches he soñado con este momento. ¿Qué quieres de mí?

– Se que eres un hombre valiente y bueno; quiero ayudarte para que seas rico y feliz para toda tu vida; pero, antes tendrás que hacer algo por mí.  Deseo que vengas mañana cuando las campanas de la iglesia anuncien las doce de la noche; trae una soga, y, por favor, ven solo.  A media noche el hombre sale de su hogar rumbo al sitio de la piedra.

La joven le ordena que la ate fuertemente y la lleve a la ciudad, que no tenga miedo si se convierte en serpiente, pues, eso es parte del hechizo que pesa sobre ella; además, le advierte que trataran de atacarlo, pero que no se detenga.

El hombre hizo lo que ella le había ordenado.  Camino un largo trecho.  Se sentía cansado por el peso de la joven, además, a su paso las piedras se convertían en fieras salvajes, en monos de todos los tamaños que danzaban frenéticamente ante sus ojos.  De pronto, un silbido penetrante de culebras lo hace detenerse.  La joven como obedeciendo a un conjuro, se transformó en serpiente; el terror se apodera de él, sin poder más, la suelta.  Se escucha un hondo gemido y una voz que decía: Cobarde, cobarde, eres un cobarde.  El viento comenzó a sollozar entre las hojas de los árboles, la serpiente se convirtió otra vez en mujer, los animales en piedras y ella desapareció.

Cuentan que aquella voz no dejo vivir tranquilo a este pobre hombre.  Un día lo hallaron muerto junto a la piedra grande que hasta hoy existe.

Desde entonces, nadie ha vuelto a escuchar esa sugestiva voz de mujer, o si alguno la ha oído el temor lo ha hecho callar.

Pero quienes la vieron dicen que era muy bella, con su piel blanca, sus grandes ojos verdes, su cabellera larga y dorada adornando su figura.

Agradecimiento a la Sra. Aracely de Molina por esta publicación